Más de ocho mil años no pueden estar desperdiciados
El
vino, una historia del mundo
“Desde que el hombre probó el vino ya no quiso dejar
de hacerlo. Aprendió a cultivar la vid y a mejorarla para sacar de ella sus
mejores frutos, esas uvas con las que elaboraría la bebida que le
acompañaría para siempre en la mesa y le alegraría la vida en un viaje
compartido que duraría siglos, que se ha convertido en el vínculo entre el
hombre, la tierra y el espíritu, en el signo de la civilización en la que la
dulzura de existir
une cuerpo y espíritu". 
No es cosa fácil seguirle la pista al vino hasta su nacimiento; es necesario
ir casi hasta el inicio de la aparición de la sociedad para hacerlo bien. Y
es que hay algo que debemos tomar en cuenta: la historia de esta bebida y el
desarrollo de la civilización han estado ligados desde siempre. Por esto,
determinar con precisión quién, dónde y cuándo se elaboró el vino por
primera vez sería tanto como saber quién, dónde y cuándo se inventó la
rueda, algo que en ambos casos pudo haber sido obra de la casualidad: tal vez
observar una piedra rodante prendió en la mente de un primitivo la idea de
hacerle un agujero en el centro donde colocarle un tronco de madera que la
hiciera girar más o menos controlada, y tal vez ese mismo hombre comió uvas
que había almacenado y que pasado el tiempo se fermentaron, provocándole un
sopor desconocido (una borrachera diríamos hoy) que le gustó y, con su
ingenio innato, descubrió como repetir.
El
caso es que el vino, o el jugo fermentado de las uvas, pasó de ser una simple
bebida a convertirse en la causa directa de toda una gama de venturas y
desventuras de la humanidad, que lo mismo impulsa al hombre hacia su bienestar
y a la creación, que hacia su lado más negro y abyecto, ese donde la necedad
y la intransigencia convierten al bebedor en el ser más despreciable y ruin
que haya poblado la Tierra.
Sí, el vino es todo eso y más, y sus virtudes, buenas o malas, acompañan todos los campos de la acción humana, hasta aquellos donde se consideraría fuera de lugar y cuyo ejemplo podría ser el de la medicina. Por todos lados hay crónicas que hablan de su uso como somnífero o narcótico para adormecer a un paciente al que se quería intervenir quirúrgicamente, y otras que lo exaltan como: “el tónico de la mente y el cuerpo, el antídoto para la somnolencia, la pena y la fatiga... productor de hambre, felicidad y digestión”; es más, es bien sabido que hasta los médicos musulmanes se arriesgaron a la ira de Alá antes de dejar al vino fuera de sus tratamientos.
Hoy,
tras siglos de aprendizaje, sabemos que ese jugo fermentado de la uva nos
llega a la boca, al estómago y la mente después de que la vid ha cumplido
con el clima, el tiempo y la habilidad del que la cultiva, quien sólo
después de años de seleccionar sus mejores frutos nos puede ofrecer su
producto máximo, el cual beberemos y paladearemos y que nos llenará los
sentidos corporales y espirituales.
Entre la
Ciencia y la Leyenda
Recapitulando, el vino no fue inventado. Estaba ahí esperando ser
descubierto donde quiera que hubiera vides, ofreciéndose para que se le
llevara a ser parte de una historia que retrocede más de ocho mil años a la
región de Turquía y Siria, donde arqueólogos e historiadores soviéticos
han hallado en tumbas, junto al Río Jordán, cartuchos de plata que contienen
restos de vides que muestran ciertos rasgos característicos que diferencian
las salvajes de las cultivadas, y por lo tanto el inicio de la
vitivinicultura, que es la habilidad para seleccionar y madurar las vides con
el fin de mejorar la cantidad y la calidad de su fruto. En otras palabras,
cuando el hombre dejó de ser nómada, comenzó a usar el lenguaje y la
escritura, asimismo contó con el tiempo necesario para comenzar a desarrollar
la civilización, el vino fue de la mano con él. 
Por
otro lado, y fuera de estas pruebas científico-arqueológicas, el origen del
vino también está unido a la leyenda y de ellas la del Gran Diluvio es de
las más fascinantes. Por un lado se le ha consignado en la Biblia, en donde
se le relaciona con Noé y su barca y se lee que el patriarca, después de
haber tocado tierra y desembarcado a los animales, reinició su vida cotidiana
y plantó un viñedo del que cosechó uvas con las cuales elaboró vino que
bebió hasta emborracharse, todo en un episodio que algunos consideran la
segunda gran falla del hombre después del pecado de Adán. Aquí hay que
reconsiderar algo: si Noé produjo vino, sabía cultivar la vid desde antes de
iniciar su periplo, y lo hacía donde construyó el Arca, lo que en todo caso
sería uno de los lugares del nacimiento del vino.
Otras leyendas del diluvio son, por ejemplo, parte de la mitología
griega donde se cuenta que después de que bajaron las aguas sólo sobrevivió
una pareja que tuvo varios hijos, y uno de ellos, Orestheus, plantó la
primera vid; así también, la
versión persa de la gran inundación habla de Jamsheed, un rey semi-mítico,
quien construyó un arca con la que salvó a los animales y en la que llevaba
jarras donde conservaba uvas para comerlas durante el viaje. Una de esas
jarras, que olía raro y producía espuma había sido apartada para evitar un
posible envenenamiento, pero una de las damas de su harem, decepcionada y
buscando la muerte, bebió el supuesto veneno hallando la exaltación y el
sueño refrescante en su lugar. La historia termina cuando la dama,
agradecida, llevó la bebida al rey, quien decidió hacer más vino que
bebieron y disfrutaron todos.
Por último, hay otra leyenda del origen del vino que es más vieja que
las del diluvio y la Biblia; la que cuentan los babilonios en el Gilgamesh, que por haber sido escrito hacia el año 1800 a.C. es la
obra literaria más antigua que se conoce al respecto. En ella se lee que el
héroe Gilgamesh entró al reino del Sol en busca de inmortalidad y encontró
un viñedo cuidado por la diosas Siduri, del que bebió el jugo que producían
sus uvas.
En
fin, leyendas aparte, como la vid sólo requiere de humedad durante su etapa
de crecimiento y posteriormente de una época de descanso para producir nuevos
brotes, que casi siempre halla en el invierno, puede crecer en casi cualquier
lugar. Esto, que el hombre descubrió desde que se interesó por este cultivo,
le permitió llevarlo consigo y distribuirlo por todas partes, desarrollando
al mismo tiempo una gran cantidad de variedades, cada una adaptada a la amplia
diferencia de climas y latitudes en las que se plantó.
El
Mediterráneo, Cuna del Vino
Una
de las regiones vinícolas más famosas es la mediterránea. Todos los pueblos
que se han bañado en sus aguas han sido productores de vino a lo largo de su
historia. De ellos destaca el egipcio por haber sido el primero en registrar
los detalles de la elaboración del vino, a pesar de que no hay pruebas de que
hayan sido los primeros en producirlo. Sus pinturas muestran el cultivo de la
vid hace casi 5,000 años, cuando ya era una actividad bien desarrollada y
tecnificada, toda supervisada por expertos que seleccionaban los vinos con un
profesionalismo semejante al que se usa en el Burdeos de nuestro tiempo. Las
pinturas egipcias, además, los muestran produciéndolo, almacenándolo y
bebiéndolo con gran expresividad y placer, lo mismo en plan de fiesta que
familiar y ceremonial, todo como un gran testimonio del gusto que sentían por
esta espirituosa bebida. Otros que también consumieron vino fueron los
sumerios mesopotámicos, quienes lo registraron en sus tabletas de arcilla
hacia el año 3000 a.C., aunque la pregunta es ¿de dónde lo obtenía? pues
las tierras donde vivieron eran más bien secas y desérticas. Las teorías
más aceptadas afirman que lo importaban desde lugares donde se producía
constantemente, la región de las colinas del norte de Persia. 2,500 años
después, Herodoto, habla de los botes que navegaban por el Eufrates y que
llevaban vino en recipientes semejantes a barriles, fabricados con madera de
palmera, hasta la ciudad que había sustituido a Kish y Ur: Babilonia. Aquí
lo extraño es que fabricar barriles con madera de palmera suena fuera de
lugar por la dificultad para elaborar tablas de esa especie de árbol, por lo
que se cree que tales barriles eran fabricados quemando el centro del tronco
de la palmera para hacerle un hueco grande. Por los tiempos de Herodoto el
vino ya había sido cultivado durante más de 2,000 años por toda la región
del Mediterráneo, desde lo que hoy es Turquía hacia el sur, a través de
Siria, Líbano y el sur de Palestina, que entonces era parte de la tierra de
Canaán.
Por
ahí también vivían los hititas, que fabricaron algunos de los recipientes
más bellos para guardar y servir el vino, mismos que no pudieron ser
superados ni siquiera por los artesanos de Atenas del siglo IV a.C. 
“Los
pueblos del Mediterráneo comenzaron a salir del barbarismo cuando aprendieron
a cultivar el olivo y el vino”. Esto lo escribió Tucídides en el siglo V
a.C., cuando Atenas se había convertido en el mayor centro cultural y social
de esa parte del mundo, y desde donde se distribuían las ideas que
apasionaban el mundo tal vez impulsadas por la apertura que creaba el vino
entre los pueblos que lo bebían. Creta, Micenas, todo el Peloponeso y la
Magna Sicilia eran terreno fértil para la expansión del vino que se
distribuía por todos lados, se comercializaba y se bebía ampliando cada vez
más sus alcances y la gran variedad de sus vides y uvas; así como la gran
diversidad en el color, olor y sabor del producto final, y que los escritores
de la época, como Homero, se encargaron de incluir en sus epopeyas, o los
autores de obras teatrales colocaban en las escenas de las obras que
escribían. Basta recordar “La Ilíada”
y “La Odisea” en las que el vino aparece lo mismo como el orgullo de los
cultivadores (el padre de Odiseo, Laertes, tenía más de 50 variedades) que
convertido en el arma con la que los héroes emborracharon a sus enemigos para
vencerlos (Odiseo embriagó al cíclope Polifemo y luego lo cegó con una
estaca inflamada para huir junto con sus compañeros de aventura).
Después
de los griegos, la historia dio un giro y le tocó el turno a los romanos,
quienes comenzaron a tomar las riendas del mundo y con el tiempo a ser los que
más influyeran en la dispersión del vino por toda Europa. Aunque el cultivo
de éste llegó al sur de Italia desde Grecia hacia el 800 a.C., ya para
entonces se le conocía casi hasta las faldas de los Alpes, a donde había
sido llevado por los comerciantes etruscos que lo producían y controlaban
mediante severas leyes; por ejemplo, prohibían su consumo a las mujeres y
autorizaban al marido a matar a su esposa si descubría que ésta lo había
hecho.
Después
de que el general cartaginés Aníbal cruzó los Alpes hacia Italia en el 218
a.C. y fue derrotado, los romanos lograron importantes victorias sobre los
macedonios y los sirios, las cuales los hicieron cambiar de estilo de vida y
comenzar a interesarse en el cultivo de la vid. Roma comenzó a crecer y a
atraer gente de talento de todo el mundo con nuevas ideas que poco a poco
influyeron en sus habitantes mejorando sus costumbres y volviéndolos más
cosmopolitas. Ya para el 170 a.C. estaban extendiendo su control sobre los
viñedos griegos del sur de Italia, y comenzaban a elaborar los vinos que se
volverían famosos por todo el mundo, como el “Opimian”, del 121 a.C., que
seguiría siendo bebido por los conocedores a principio de nuestra era.
Roma
crecía y era un imán poderoso para los lujos y artesanías finas fabricadas
en el oriente del Mediterráneo y para los esclavos que eran llevados desde el
Este, principalmente de las tierras del Asia Menor, Siria y Palestina, entre
los cuales había expertos viticultores y fabricantes de vinos cuyas
habilidades fueron rápidamente asimiladas por los romanos, aunque nunca se
abandonó definitivamente el gusto por los vinos importados.
El
continuo crecimiento y prosperidad de Roma crearon infinidad de familias ricas
que para finales del siglo I a.C. comenzaron a construir villas de descanso de
grandes jardines y maravillosas vistas al mar sobre las costas de la Bahía de
Nápoles y la península de Sorrento, a donde iban a descansar y disfrutar de
los mejores vinos que les llegaban en barcos que los comerciaban por todas las
ciudades establecidas a lo largo de la costa italiana, como la famosa Pompeya,
de la que se conservan, gracias a la desgracia que la destruyó en el 79 d.C.,
pinturas murales que nos han permitido conocer el gusto de sus habitantes por
la bebida que se vendía en muchos locales comerciales de la ciudad.
El
vino se ingería por toda Italia, pero sobre todo en Roma, donde cada vez era
más barato y muchas veces era regalado por los ricos que patrocinaban los
juegos del circo, lo que impulsó
que fueran plantados miles de viñedos por todo el país para colmar la sed de
los romanos por la bebida, creando con esto decenas de variedades de uvas y
vinos para satisfacer los paladares de más de un millón de habitantes que
tuvo la ciudad en su mejor época, cuando era la metrópolis más grande del
mundo.
Pero
el vino tuvo que pagar por su popularidad. La mayor demanda era por la bebida
más barata que llegaba vía marítima o por el río Tíber, lo que hizo que
la producción de los viñedos italianos se volviera menos redituable
terminando por convertirse en un pasatiempo de ricos y hasta de emperadores,
desalentando la producción masiva de vino. Además, hacia el 250 d.C. el
emperador impuso un impuesto en especie que obligaba a los vinicultores a
entregar una parte de su producción a Roma y a otras ciudades como ración
para el ejército, además les exigía surtir al pueblo de vino subsidiado,
sólo pagándoseles el transporte. El resultado fue que muchos viñedos fueron
cerrados o abandonados.
Pero
el vino ya era parte de la cultura romana y de la de todos los pueblos hasta
donde alcanzaba su poder. Éste, además, se mezclaba y formaba parte de todos
los ritos y fiestas sin importar dónde ni quienes las realizaran. De esas
fiestas, tal vez la que estaba más impregnada en el espíritu de la gente era
la que se realizaba en honor del dios Baco, al que se festejaba en las “bacanales”
y que en el 186 a.C. fueron prohibidas por los emperadores debido al
libertinaje que generalmente las acompañaba y que se afirmó servían para
conspirar contra el Estado, aunque finalmente volvieron a ser permitidas por
el emperador Julio César para terminar con la presión del pueblo que
insistía en su regreso.
Pero
el culto a Baco fue más allá, influenciando a la que se convertiría en una
de las más grandes religiones de la humanidad, la cristiana. El credo en él
aceptaba el concepto de la salvación del alma con este dios como el salvador,
el regreso de la muerte, la idea de comer su carne y la idea de beber su
sangre, que desde luego era el vino. Igual que les pasó a los adoradores de
Baco, los cristianos fueron perseguidos primero, luego tolerados y finalmente
aceptados cuando en el siglo IV el emperador Constantino hizo al cristianismo
la religión oficial de Roma y su imperio. Luego, en el año 392, el emperador
Teodosio prohibió los cultos paganos, entre ellos el de Baco, y sus
seguidores adoptaron los símbolos cristianos como lo habían hecho antes con
los suyos. El resultado fue que el cristianismo se convirtió en uno de los
grandes promotores del vino, ya que lo incluía como parte de sus ritos,
adquiriendo con esto una categoría casi sagrada que le aseguraba su futuro.
Desde Roma, el Gran Salto al Mundo
El
cultivo del vino llegó desde Grecia y se quedó rápidamente en el sur de
Italia; incluso se convirtió en el ancla con la que los griegos se
establecieron en las costas sicilianas e italianas y convirtieron a Siracusa y
Sicilia en las ciudades griegas más populares de la época, dejando atrás a
Atenas. Cuando llegaron a Italia ya se cultivaba la uva en las tierras del
norte y centro de la bota italiana, en la actual región de Toscana, que era
la tierra de los etruscos, quienes habían llegado desde el este, tal vez
desde Asia Menor. Los etruscos cultivaron la vid, produjeron vino, lo bebieron
mucho antes que los griegos y lo comerciaron más allá de los Alpes. Luego
los romanos le tomaron el gusto y lo adoptaron en su cultura bebiéndolo sin
mesura e integrándolo en todos sus ritos y costumbres, pasando a ser así los
grandes consumidores de la bebida, llevando su afición al vino hasta el
exceso. Son célebres los ejemplos de las orgías que organizaban entre su
séquito los emperadores Nerón, Caracalla y Tiberio, a pesar de que en Roma
el vino fue objeto de prohibición para las mujeres, a diferencia de otros
pueblos, como el egipcio, donde ellas lo bebían sin moderación. 
Las
guerras de expansión romanas, con las que el imperio crecía por todo el
continente, casi indirectamente se convirtieron en el vehículo de dispersión
del vino por todos los lugares a donde llegaban sus legiones. Así, la
vinicultura penetró en las Galias y remontó el río Ródano hasta Lyon, ya
en la actual Francia, para luego alcanzar la Borgoña y llegar al Rin pasando
por Helvecia. Por la época también lo conocieron los galos, los cimbros y
los germanos, los dos últimos pueblos de la actual Dinamarca y Alemania, y
siguiendo el río Gerona, el vino llegó a Burdeos. En su mejor momento los
romanos ocuparon toda Europa hacia el siglo III, la cual era campo de cultivo
de viñedos en las mismas regiones en las que hoy se le halla, incluyendo los
países del Danubio, más que nada debido al impulso del emperador Marco
Aurelio Probo, que transformaba a sus soldados en vinicultores cuando se lo
permitían los momentos de paz.
El
problema fue la sobreproducción de vinos, muchos de ellos de pésima calidad,
y en la consecuente caída de los precios que hizo que el emperador Domiciano
ordenara arrancar las viñas de las comarcas donde se producían las bebidas
corrientes.
El tiempo pasó y llegó el momento del descenso del poderío romano,
pero no del desarrollo del vino. Después de un turbio periodo de transición,
la iglesia tomó las riendas cuando las cosas comenzaron poco a poco a
equilibrarse. Los clérigos se convirtieron en viticultores y bodegueros, y en
proveedores para la población y los monarcas y los altos personajes; tal
actividad les servía para alimentar el tesoro episcopal. Hacia la Edad Media,
las abadías se habían convertido en hosterías que ofrecían hospedaje,
alimento y bebida al viajero. Lo mismo recibían a los grandes y poderosos que
a los peregrinos y pobres, todos ellos ávidos bebedores que querían
disfrutar del jugo fermentado de uva que producían y consumían los monjes.
Siguiendo su ejemplo, los reyes, duques y señores feudales no tardaron en
cultivar la vid, que se avecindó con el castillo. El desarrollo de la
burguesía impulsó el crecimiento de los viñedos en las cercanías de las
ciudades, la mayoría de ellos propiedad de los burgueses más ricos.

El consumo creció especialmente en los Países Bajos, Flandes e
Inglaterra, hasta donde llegaron los vinos de Oporto, Madeira y Jerez junto
con algunos otros de la región mediterránea, más que nada los de Burdeos,
Borgoña y más tarde los de Champagne. Hacia los siglos XII al XV, Burdeos
perteneció a Inglaterra y varios lores-alcaldes de Londres eran bordeleses.
Flandes, por su parte, reconocía como su señor al duque de Borgoña.
La historia del vino también, desafortunadamente, tiene sus puntos
oscuros. Ya en el siglo XVI, cuando los holandeses alcanzaron su
independencia, se dedicaron al comercio a través de su numerosa y bien
organizada marina, que se apoyaba con factorías y bodegas. Además, expertos
en el mercado, los holandeses crearon la necesidad de beber este producto,
pero optaron por el consumo dirigido. En la época de Luis XIV compraban
grandes cantidades de vino de baja calidad que luego adulteraban y revendían
logrando grandes beneficios, sin importarles el esmero en la producción y la
calidad que buscaban los países exportadores, que dedicaban una gran
vigilancia a la industria y el comercio de la bebida.
Por
otro lado, a partir de la Edad Media el comercio de los vinos alcanzó una
considerable importancia en la región del Rin y sobre todo en Francia, donde
su influencia era indiscutible en el desarrollo de los municipios, al grado
que el soberano tenía que concederle a los productores ciertos derechos,
franquicias y privilegios que ligaban a la bebida con los acontecimientos
políticos. Un ejemplo es el de los productores de la época de la Revolución
Francesa, que esperaban obtener con los disturbios la abolición de
importantes tasas que gravaban la importación de éste a la capital.
Después,
el cristianismo se convirtió en el vehículo de dispersión de la viticultura
y el vino hacia todo el mundo. Cuando la conquista llegó a América llevó
con ella su fe y el uso de vino en las ceremonias religiosas, junto al cultivo
de la vid que desarrolló en las nueva tierras conquistadas de América del
Sur, México y California. En África llegó hasta el sur del continente y en
algunos países, como Argelia, donde había sido frenado por los preceptos del
Corán, que prohibían a los creyentes el consumo de bebidas alcohólicas en
las naciones musulmanas, tomó un nuevo impulso, convirtiéndolo 12 siglos
después de Mahoma en uno de los principales países productores vinícolas
del mundo.
El
camino del vino ha sido largo y siempre ha ido de la mano del hombre. Ya
estamos en la época de los vuelos espaciales y de la energía nuclear y el
vino conserva el prestigio que ganó después de siglos de evolucionar y
perfeccionarse. Desde siempre, ligado a los orígenes de nuestra
civilización, es uno de sus logros más importantes e indiscutiblemente la
más noble de las bebidas.





